Duele la memoria y la herida de un pasado oscuro que creímos superado, pero que, por no sanar a tiempo, se reabrió.
Hoy regresa el miedo.
Nos duele a quienes ya lo vivimos, a quienes cada mañana nos levantamos para trabajar por nuestro futuro —no para que nos lo regalen, y menos sin merecerlo—.
Nos duele a quienes creemos en la libertad: política, de creencias, de prensa, de vestir, de soñar.
Nos duele y nos asusta volver a las cadenas que nos callaron, al miedo disfrazado de noticias absurdas, a la violencia que nos arrebató tanto.
Nos duele a quienes creemos que la vida es sagrada y que nadie, por ningún motivo, tiene derecho a quitarla.
* No olvides: hoy me alejo de mis publicaciones de temas espirituales para hablar desde mi verdad y mostrarme humana.
Porque ser espiritual no es dejar de sentir: es sentir profundamente y decidir qué hacer con ello de manera responsable.
Y desde esa responsabilidad, hoy elijo no permitir que nos callen, que vivamos con miedo a expresar, que aceptemos la incertidumbre de que alguien pueda dañar negativamente nuestro futuro.
Elijo la responsabilidad de despertar y seguir trabajando por un mañana mejor para mí, para todos, para mis sobrinos y para los hijos de mis amigos.
Esto no es un tema de banderas políticas.
Es un tema de respeto y de humanidad.
No es justo que un hijo crezca sin un padre porque alguien decidió eliminarlo.
No es justo que una mujer quede viuda porque alguien se cree con el poder de matar.
No es justa la indolencia aberrante de quienes reducen un hecho tan atroz a un “montaje”.
No es justo tener que escribir esto hoy, cuando deberíamos estar levantándonos con la mejor energía para aportar a nuestra felicidad, a nuestro trabajo y a nuestra paz.
Hoy no es Miguel y un partido.
Es un país que pierde su derecho a la libertad.
A las familias, el derecho de crecer unidas.
A la política, la oportunidad de ser fluida, respetuosa y honesta.
A los ciudadanos, el derecho de soñar sin miedo y disentir sin ser silenciados.
Es la esperanza la que hoy recibe un golpe.
Y somos nosotros, los que amamos a Colombia, quienes debemos recordarle que todavía puede levantarse…
Pero solo si no olvidamos, si no nos callamos y si no permitimos que la vida valga menos que el poder.
Porque si dejamos que el miedo mande, Colombia deja de ser Colombia.
Y yo no estoy dispuesta a verla morir.





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